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domingo, 19 de mayo de 2013

El niño que se ríe de Einstein

Dicen que Jacob Barnett, con 14 años, es uno de los genios de este siglo. Con 3, le diagnosticaron autismo y pronosticaron que no se ataría los zapatos hasta los 16

El niño que se ríe de Einstein

Toc toc. ¿Quién está ahí? Albert. ¿Qué Albert? Albert, tú pensaste que iba a decir Einstein». «No sólo voy a romper la Teoría de la Relatividad de Einstein con éxito, sino que mi 'bagel' póstuma (rosquilla, se sirve en los funerales judíos) va a ser mucho mejor. Chúpate esa». «Cita del día de Einstein: 'Si los hechos no encajan en la teoría, cambia los hechos'. Suena como un 'hacker' de las relaciones públicas, ¡no como un genio!». «No solo soy más inteligente que Einstein, mi gato en realidad está vivo y muerto a la vez. Como el de Schrödinger (apellido del científico que hizo un experimento imaginario de Mecánica Cuántica con un gato)».
Estos tuits dan una idea de a qué nivel se mueve Jacob Barnett, Jake para la familia, un chico estadounidense de Indiana al que, con 14 años, consideran un nuevo Einstein. Con dos años y medio, los médicos dijeron a su madre, Kristine, que el pequeño sufría el síndrome de Asperger, una forma leve de autismo, y empezó a recibir educación especial adecuada a esta circunstancia. Sin embargo, Kristine no podía creer cómo un niño con esta enfermedad mostraba tanto interés por unas cartas de colores con letras, de esas que se utilizan para enseñar a los críos el alfabeto, y se plantó ante el profesor: «Incluso se las lleva con él a la cama, como otros críos se acuestan con su osito Teddy».
—«Creo que tiene que reajustar sus expectativas sobre su hijo. Estamos centrados en cosas como que aprenda a vestirse por sí solo», contestó el maestro.
—«De acuerdo, pero él ama esas cartas...».
—«Estoy tratando de decirle, señora Barnett, que no creemos que usted se tenga que preocupar por el alfabeto con Jacob», —zanjó el experto.

Profetizaban que su hijo nunca leería, que ni siquiera sería capaz de atarse los zapatos al menos hasta cumplir los 16. Pero Kristine decidió seguir sus instintos de madre —y profesora de guardería— y, en contra de lo que pensaban los especialistas e incluso su marido, tomó lo que ella define como «la decisión más temible» de su vida. Avalada eso sí por los puzles de 5.000 piezas que el crío era capaz de resolver a esa edad. Le sacó de la educación especial que solo había logrado meterle más y más en su mundo (había dejado de hablar) y comenzó a prepararlo para que se incorporase a las clases 'normales'. Así, puso su mirada en seguir la «chispa» de Jacob, como ella la denomina, en aquello que parecía despertar su interés. «¿Por qué concentrarse en lo que él no podía hacer? ¿Por qué no centrarse en lo que sí podía?». Con este pensamiento y apoyándose en las experiencias infantiles normales (softball, comidas campestres alrededor de la hoguera y juegos) empezó a romper los muros que rodeaban a su hijo.
La madre de Jacob se dedicó a fomentar lo que parecían ser las grandes aficiones de su pequeño, que se dedicaba a decorar paredes y ventanas con fórmulas matemáticas. Lo extraordinario de todo esto no es que Kristine pudo recuperar a Jacob para el mundo exterior, sino que debajo de esa cáscara impenetrable descubrió una inteligencia que rivaliza con la de Albert Einstein, o al menos eso es lo que se desprende al aplicar el cuestionado coeficiente intelectual, que en el caso del científico alemán llegaba a 160 y en el de este pequeño autista a... ¡170!

Conferencias en chancletas

Con 8 años, empezó a asistir a conferencias universitarias, sentado en la última fila, absorbiendo todo aquello que era en realidad lo que su mente hambrienta necesitaba. A los 9, investigando con el típico juego de formas, construyó una serie de modelos matemáticos que abrían una nueva vía en el campo de la Teoría de la Relatividad de Einstein. Su madre grabó entonces a su hijo explicando esta tesis, la colgó en Youtube y la envió a la Universidad de Princeton, la misma donde el genio alemán enseñó e investigó. Al ver aquello, el astrofísico canadiense y profesor Scott Tramaine se dio cuenta de que estaba ante algo grande y escribió este correo electrónico a Kristine: «Estoy impresionado por el interés de Jacob en la física y la cantidad de lo que ha aprendido hasta ahora. La teoría en la que está trabajando involucra a varios de los problemas más difíciles de la astrofísica y la física teórica. Cualquier persona que los resuelva está listo para un Nobel».
Así, antes de cumplir los 10, Jacob fue aceptado en la Universidad de Indiana como un estudiante más. Y ocupó un puesto remunerado en el campo de la Física de la Materia Condensada, un trabajo que por su originalidad le valió un récord: convertirse en el investigador de astrofísica más joven del mundo. Incluso publicó en la revista «Physical Review A».
En los foros científicos, el tema ha generado debate. Algunos se asombran de su talento, otros dudan y hay quien afirma que el chico está cometiendo errores de origen, si no de bulto, en sus tesis. «Al menos por lo que sé, creo que su precocidad es genuina —opina un entendido en thescienceforum.com—. Aunque, desde luego, eso no significa que puedas considerarle seriamente como un científico. Al menos no aún». Otro le contesta apoyándose en fórmulas y asegura que Barnett está recitando para la cámara cosas que no entiende: «Creo que es otro bluf de Youtube», concluye. Pero ahí está el aval de Princeton.
Jacob también da conferencias explicando diferentes asuntos científicos. Choca verle desenvolverse en chancletas y con la soltura de un adulto acostumbrado a hablar para el gran público. Incluso se permite golpes de efecto durante la charla, como arrojar de pronto sobre su cabeza los folios en los que apoya su discurso y seguir hablando como si nada. Ahora está escribiendo un libro para acabar con la fobia a las matemáticas, tan habitual entre los chavales de su generación, porque se le da muy bien explicar con sencillez asuntos científicos complejos. Es por eso que el chaval, de mayor, quiere ser profesor.
Kristine desvela que todo este talento también tiene 'efectos secundarios'. Que no es raro que su hijo se olvide incluso de comer cuando está metido de lleno entre sus ecuaciones. Al parecer sufre de insomnio porque su cabeza está llena de números, así lo describe él.
A pesar de toda esta increíble historia, que se asemeja a la reflejada en el libro y posterior película «Una mente maravillosa», Jacob no deja de ser en muchos aspectos un chico como cualquier otro. Ya ha salido con alguna chica y le gusta jugar con su consola; su favorito es Halo, un videojuego de disparos en primera persona cuya trama se desarrolla en el siglo XXVI y donde el jugador se convierte en un soldado genéticamente mejorado que se enfrenta a extraterrestres.

Libro y película

Tuitea, y no solo esos chistes sobre Einstein que podrían llevar a pensar que quizá todo esto es demasiada presión para un adolescente. No faltan quienes critican a la familia por el camino por el que están conduciendo a Jacob, aunque los expertos apoyan a la madre en su decisión de enviarlo a la facultad. El joven también comenta las cosas que le diferencian de otros que estudian con él (en la universidad, claro). «En clase. ¿Por qué todos los tíos llevan bermudas y chanclas? ¿Y quién es Jack Johnson (un cantante estadounidense que triunfa entre los jóvenes)? ¿Es un químico? Este es mi punto más débil». O ironiza sobre su potencial: «Puedo deducir fórmulas cuánticas complejas con la parte superior de mi cabeza, ¡pero todavía no puedo conseguir tres estrellas en el nivel 3-14 de Angry Birds! La vida es extraña». También hace bromas sobre detalles científicos: «¿Cuál es el nombre del primer detective de la electricidad? Sherlock Ohms».
Kristine ha publicado un libro en EE UU con el título «The Spark: A Mother's Story of Nurturing Genius», que será editado próximamente en España. Además, la Warner quiere filmar su historia. Los Barnett fundaron en 1996 una asociación que acoge a chavales con los mismos problemas; allí juega Jacob al baloncesto con otros como él, autistas... y quién sabe si también genios.